—Cariño, después de la boda viviremos en tu apartamento y alquilaremos el mío. Con ese dinero pagaré el coche de mi madre.
Ethan lo dijo como si acabara de presentar el plan perfecto.
Yo había comprado mi apartamento años antes de conocerlo, después de una década trabajando, ahorrando e invirtiendo. Sin embargo, según su propuesta, yo seguiría pagando la hipoteca, los impuestos y todos los gastos de nuestra casa mientras él utilizaba los ingresos de su propiedad para ayudar a su madre.
—¿Y qué gano yo con eso? —pregunté.
Ethan me miró sorprendido.
—Estaremos casados, Claire. Todo será de los dos.
Curioso.
Meses antes, cuando propuse crear una pequeña cuenta conjunta, él mismo había insistido en que nuestras finanzas debían mantenerse separadas.
Entonces su teléfono se iluminó sobre la mesa.
Vi el mensaje de su madre antes de que pudiera esconderlo:
«¿Ha aceptado? Asegúrate de que después de la boda te incluya en las escrituras. Pero todavía no se lo menciones.»
Ethan cogió el móvil de inmediato.
—Mi madre solo se preocupa por mi seguridad.
No discutí.
Sonreí.
—Tu idea me parece razonable. Pero tengo una contrapropuesta. Dile a tu madre que venga mañana.
Al día siguiente, ambos llegaron convencidos de que habían ganado.
Puse tres documentos sobre la mesa.
—Primero, firmaremos un acuerdo prenupcial. Cada uno conservará sus propiedades.
La sonrisa de Ethan desapareció.
—Segundo, si vivimos en mi apartamento, pagarás la mitad de todos los gastos.
Su madre intentó intervenir.
Levanté una mano.
—Y tercero, el alquiler de tu apartamento servirá para pagar tu propia hipoteca, impuestos y mantenimiento. Si quieres pagar el coche de tu madre, saldrá de tu sueldo.
Ethan se levantó.
—¿Entonces para qué vamos a casarnos si vas a contar cada dólar?
Lo miré durante unos segundos.
—Buena pregunta.
Me quité el anillo y lo dejé sobre la mesa.
—En realidad, ya no vamos a casarnos.
Su madre empezó a protestar, pero Ethan la hizo callar. La expresión de ambos confirmó que había tomado la decisión correcta.
Tres semanas después, Ethan desapareció de mi vida.
Mi apartamento siguió siendo mío.
Y entendí algo que jamás olvidaría:
Si alguien empieza a repartir tus bienes antes de convertirse en tu esposo, quizá no esté planeando una vida contigo.
Quizá solo esté planeando vivir de ti.