Treinta y cuatro años antes, Manuel Ortega era profesor de literatura en una pequeña escuela pública de Madrid. No tenía dinero ni contactos, pero tenía una costumbre: nunca dejaba que un alumno abandonara sus estudios solo porque su familia fuera pobre.
Uno de aquellos jóvenes se llamaba Alejandro Ruiz. Su padre había muerto y su madre limpiaba oficinas por las noches. Cuando Alejandro estuvo a punto de dejar la escuela para trabajar, Manuel pagó en secreto sus libros y consiguió una beca para él.
Después de graduarse, Alejandro se marchó al extranjero. Durante años intentó localizar a su antiguo profesor, pero Manuel había perdido a su esposa, cambiado de ciudad y desaparecido de la vida de casi todos sus conocidos.